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azul ultramar

Decidieron llevarla a visitar el mar con la esperanza de apaciguar esa tristeza que ya parecía crónica, a ratos creían que la niña había nacido así. No paró de llorar en su bautizo y con el paso de los años, aunque apenas comenzaba a entender el mundo, tendía a querer volcarse hasta su cama para no salir de ahí jamás. Todas en la familia padecían de ese mal, caían a la cama víctima de la melancolía y el resultado era una casa lúgubre, lenta y oscura.

Viajaron con la niña hasta el balneario próximo, le compraron vestidos nuevos, un traje de baño de dos piezas color platino, un sombrero de ala ancha y hasta lentes de sol. La llevaron a la arena para tomarle fotografías mientras edificaba castillos, le compraron un helado y frente al mar le pidieron que dejara todo ahí en el agua, toda esa congoja que la acompañaba y no la dejaba dormir, le dijeron que la familia ya había sufrido tanto, que no era necesario que se pasara la vida así.

El resto del viaje fueron paseos por museos, lugares históricos repletos de turistas que consiguieron robarle el corazón, caminatas por calles vibrantes que le hicieron creer que si viviera ahí no sufriría de insomnio y probablemente en las fotos sería toda sonrisas. La gente del mar, siempre tan afable y templada, tal vez al igual que ella, dejaron sus pesares en el agua y decidió que quería eso por siempre. Algún día viviría en una casa antigua y céntrica de esa ciudad que mira al mar, recorrería sus calles para ir a hacer las compras y para juntarse con amigos en esos cafés rebosantes de gente que aparecen cada tres cuadras. El mar impediría que fuera devorada por su cama como toda la familia, el viento la invitaría a vivir a diario y encontraría ahí un destino distinto.

La vuelta a casa fue amarga, todavía no sonreía mucho y cualquier pequeñez la hacía llorar, como siempre. Frente a la puerta de entrada un bebé pájaro que no pudo volar yacía ante la familia y por mucho que quiso fingir indiferencia, las tripas se le hicieron un nudo y la cara se le llenó de una mueca que intentaba ocultar un puchero, ante la mirada de todas esas mujeres que anhelaban sus somníferos y dejarse caer en el colchón para así olvidar.

dioramas

Guardo un par de casas ahí dentro, en mis tripas. Casas miniaturas con detalles sentimentales, minúsculos objetos que fueron parte de historias que medio ocurrieron y también me inventé. Existen como tesoros que no puedo dejar ir, los quiero para mí con la voracidad propia de una niña que no conoció el calor de un hogar.

La casa de esquina está ahí, ese pequeño lugar ubicado en la parte más alta y desolada de un cerro periférico. Está con su polvo y el desorden propio de un par de estudiantes universitarios que están perdiendo la cabeza. El tiempo está detenido en un día de invierno del año 2018, a las cuatro y media de la tarde, en la tele están pasando ese melodrama del mega, que por ese entonces no sabíamos que duraría muchos años más y que poco a poco perdería el sentido, al igual que nosotros.

Luz fría se cuela por las ventanas, de esa que solía hacerme tender a la melancolía y me dejaba dando vueltas por toda la casa, como buscando algo, sin saber qué, solo sabiendo que no lo encontraría. Las cartas de tarot que no sirvieron de mucho están sobre la mesa del comedor, en el aire hay aroma a sopa instantánea y médium para óleo. Están todos esos muebles antiguos, que pasaron de estudiante en estudiante, pero que igual nos hacían sentir refugiados y sobre ellos nos quisimos, nos cuidamos como hermanos, nos prometimos que pase lo que pase, siempre nos tenderíamos una mano. En las noches más difíciles, se podían sentir los espíritus de todos esos jóvenes que pasaron por ahí y no lo lograron, nos arrullaban hasta que podíamos dormir y dejábamos de pensar que teníamos los días contados, que bastaba con tener que sacar un par de fotocopias más para que quedáramos en la ruina.

Al lado está una casa imaginaria, es la que inventó un viejo amigo para mí. Llena de ventanales, rodeada de plantas, vuela por los aires y está atrapada en una mañana de primavera de quién sabe que año. No importa lo mucho que vuele, siempre podrás mirar por sus ventanas al puerto de Valparaíso. En las sillas de la cocina, descansan dos gatos y disfrutan del sol matutino. Suena una canción de amor melosa, un muchacho de voz suave canta sobre esos afectos que vienen de la nada y son fulminantes. Los sillones están llenos de mantas tejidas por nuestras propias manos, hechas con el miedo que nos provocó ese invierno particularmente frío, cuando tuvimos que volver a nuestras casas maternas, sin nada más que la derrota y encima ya no había nadie, ninguna madre para llorar en su regazo y que nos hiciera cariño en el pelo.

Justo ahora, en una casa que me asfixia, abrazo mi vientre y añoro esos lugares, los cuido con recelo para no olvidar que existe algo más que este malvivir. Me recuerdo como un mantra que existen otras casas, otros mundos. Espacios en los que fui querida, en los que tuve a mis amigos cerca y en los que el horizonte se veía eterno, el aire era limpio y aunque no teníamos un peso, resistíamos, existíamos de puro amor al arte, de puro cariño que le teníamos a los esperanzados sueños de infancia.